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Susana monís
# cuentos-madrid
La Blanca y el Viejo
El pasado nunca se va,
le gusta esconderse en la música,
en los sueños, en los recuerdos, en la vida…
Llovia. Lo llevaba haciendo durante todo el puñetero día. Encerrada en la casa, frente a su vieja mesa de estudio, Sofía llevaba horas con la vista fija en un folio blanco, inmaculado. Derrochaba paciencia, esperando que su imaginación se dignara a llegar. Necesitaba esa primera palabra, ese primer hilo que desenrollara la madeja. Impacientándose, agarro el bolígrafo que distraído garabateó dibujitos, rallajos y círculos sobre el papel, cuando una fuerte ráfaga de agua chocó duro contra los ventanales, obligándola a levantarse.
De pie, frente los cristales, contempló como escurrían las primeras gotitas, que hacían de avanzadilla y abrían paso al resto que desfilaban despues como corderos. Mientras su mirada perseguía a una líder, se le cruzó una camicace, y su dedo cambió de rumbo para seguir su curso. Necesito sentirla y abrió los cristales, segura de que una bocanada de aire fresco engrasaría su atrofiada fantasía.
Los papeles salieron volando cuando el aire golpeó la mesa. Varios aterrizaron en el piso, a la par que las gotas de lluvia rodaron por su rostro y otras se enzarzaron en sus cabellos, recordándole la niña que fue. Esa que hubiera convertido el agua de su pelo en una corona de perlas y las gotas de su rostro en las lágrimas por un imposible amor. ¡Dios, lo que hubiera dado por recuperar la risa descontrolada y cantarina de sus ocho años, incluso la fuerza de las rabietas de los cuatro...
Ahora - pensaba la joven- ¡Todo es tan diferente! Esa lluvia, que amenazaba con perpetuarse , no le llegaba ni a la altura de las chancletas a las tormentas de verano en La Blanca. Su furia era tan bestia… Transformaba en dos minutos una tranquila y calurosa tarde de verano en una oscura y temible boca de lobo.
Su mente fue inundada de recuerdos y nostalgias que era incapaz de manejar: El frío, el viento, la lluvia, las risas, el fuego y, por supuesto, el Viejo.
Pensamientos locos inconexos le bombardearon. De forma mecánica agarró su bolígrafo y tradujo a palabras su ayer.
De nuevo La Blanca, de nuevo al Viejo… Su nieta admiraba aquella mente tan lúcida. Recordó una conversación donde el Viejo explicó a una Sofía que no levantaba dos palmos del suelo, a media voz y dándole un tono de confidencia a lo que decía, de donde surgían las tormentas:
“Son una forma que se han buscado Los cielos para desprenderse de toda la crispación, ira y mal genio que el planeta tierra acumula.
Rayos y truenos avisan a los humanos con quejidos y señales luminosas de la gruesa cortina de agua que esta a punto de caer. Aquellas protestas son tomadas en cuenta por el astro rey que escucha atento, sin intervenir, todos los malestares del planeta tierra.
Cuando las quejas cesan o éstas se transforman en lamentos sin fundamento, es cuando el sol toma el mando. Sus rayos se cuelan entre las revolucionadas nubes, ahuyentando con su presencia a las más rezagadas. Su triunfo lo anuncia con un enorme y bello arco iris señal evidente de que el rey ya ha recuperado posiciones y pronto acabarán los últimos brotes de rebelión intragaláctica.
“¡Como no recordar a alguien que explicaba así las cosasí!…” –Se preguntaba una orgullosa nieta, convencida de que la magia que ella encontraba en las tormentas de la Blanca había sido creada, por lo menos en parte , por el Viejo.
Susana Monís





