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Susana monís
# cuentos-la-habana
A Cuatro Manos (Cap 1-La última en partir)
El alma es eso tan intangible,
que sólo nos damos cuenta de que existe,
cuando duele
—
Nunca escribo por encargo. Me cuesta un mundo echar a andar una cabeza oxidada de tanta rutina. Sólo, cuando los míos duelen, tatúo pedacitos de sus historias en tinta. Es mi especial manera de volver masticables las ausencias que muerden el alma de una ciudad a la que el dolor ha vuelto amnésica. Por olvidar, se olvidó hasta de su propia gente; de aquellos que le dieron ese toque de mágica locura y que mi Habana, en su desquicie, los dejó ir.
Daniela era uno de esos dolores, la última en partir…
Creció mientras yo me consumía repasando inglés a una chiquillería que no deseaba aprender y que fagocitó hasta mi nombre. Me llamaban “La Teacher”. Para Daniela, sin embargo, era Sara, LA MAESTRA SARA.
Se crió frente a la casa, en el edificio que el barrio entero conocía como “La Colmenita”, por ser la suma de un montón de apartamentos minúsculos. Vivía junto con sus padres, su abuela y el indeseable que se había echado por novio. Si no recuerdo mal, cargaba con él desde hacía más de siete años. Un récord de resistencia y la demostración contundente de que los opuestos se atraen:
La grand Danny era una mujer diez, completica y con una sola obsesión: EL PIANO. La música para ella no era una elección, sino su manera de respirar, de vivir.
Ariel…¡Nada que ver!…
Los años, te quitan mucho pero afinan el olfato, y él no me gutaba. Venía con defecto de fábrica: Sin corazón, ni arreglo posible. En la cuadra era todo un personaje. Aunque yo no soy muy de pelota, todo el mundo decía que había sido un animal jugando. De hecho, llegó a las Grandes Ligas. Y ya tú sabes cómo es Cubita la Bella, donde quien es pelotero es casi un dios. Aquel chamaco tuvo la oportunidad de llegar a lo más alto, pero se metió en candela. El solito se fue partiendo la vida, pasito a pasito, sin que nadie lo empujara. De tenerlo todo, pasó a no tener nada. Hoy por hoy, es un resto más —quién sabe si reciclable o no— de lo que pudo ser. Fiestero, problemático a ratos, enfermo al planchao y las apuestas. Ni él, ni yo, nos tragábamos, aunque sigue teniendo su público y, lo más importante, Daniela sigue muerta con él.
Sigo con mi historia…
A pesar de Ariel, Daniela caía por la casa un día sí y otro también…
La necesidad de tocar, de soltarse por dentro, la amarraba a aquel piano de cola, viejo y medio destripado, que vivía en mi sala. La Gran Danny no tocaba por tocar. Conforme se acercaba al piano, aquello cogía vida y hablaba sin abrir la boca.
Y justo cuando estaba empezando a cuadrar sus primeros conciertos, le cayó ese contrato fuera de Cuba, bien pagado, que todos en su casa esperaban… La necesidad apretaba y ella no lo pensó. Todo fue tan rápido… En un mes arregló papeles y marchó a dar clases de solfeo a Omán. Un país chiquitico, de esos que tú tienes que buscar con lupa en el mapa. Y mientras los suyos celebraban la visa, yo lloré.¡Cómo lloré!. Dolía verla dejar sus sueños aquí e irse así, solita, tan lejos. Aquello me partió. Fue como si me arrancaran un pedazo por dentro.
Daniela se evaporó y mi piano se quedó mudo…
—Son solo dos años, maestra —Me dijo, haciéndose la fuerte, cuando vino a despedirse — Le escribo en cuanto me organice.
Apenas cerré la puerta, le pedí a todos los santos que mi Habana le pusiera un pare a esta epidemia de despedidas. Aquello era un peso que no había quien lo aguantara.
Y mi Dany marchó llena de planes, con la idea de llevarse con ella a Ariel en cuando pudiera, sin ser consciente de que dos años en La Habana es una eternidad, donde caben mil vidas, mil vueltas, y a veces… hasta el olvido.
Nota
Este cuento fue escrito en la cocina de mi casa, en la Habana, y dedicado a Hakely Nakao, una de mis mejore amigas y la última que yo, viviendo en la Habana, vi partir
Susana Monís





